Una cala

Quizá las calas no nos hacen sentir libres. Quizá simplemente nos recuerdan una libertad que el paisaje nunca olvidó.

Las calas no solo resguardan del viento. Desde hace siglos ofrecen refugio a quienes llegan desde el mar, pero también parecen ofrecer algo a quienes llegan desde tierra. Hay algo en ellas, en la manera en que la roca abraza el agua, en la distancia que las separa del ruido, que cambia la forma en que habitamos un lugar. Las voces bajan, el tiempo pierde importancia y el paisaje deja de ser un escenario para convertirse en un espacio compartido (y a la vez, en soledad).

El camino hasta la cala era una sucesión de curvas entre la montaña y el Mediterráneo, compartidas con ciclistas que parecían conocer la isla a otro ritmo. En la cala, algunos reposaban sobre las rocas, otros compartían fruta o vino, y el mar recibía a cada persona con la misma calma.

El desayuno se compuso de sardinas, albaricoques, vino blanco y Eric Rohmer en francés. El primer nado fue helado; después, el cuerpo encontró su temperatura y el sol hizo el resto. Desde el agua miraba hacia las paredes de roca que rodeaban la cala y me costaba distinguir por dónde habíamos llegado. Era como si el paisaje hubiera borrado el camino para recordarnos que, por unas horas, no había otro lugar al que ir.

Durante siglos, estas pequeñas entradas de mar sirvieron de refugio para pescadores y embarcaciones que buscaban resguardarse del Mediterráneo abierto. Protegidas por acantilados y entradas estrechas, las calas ofrecían abrigo cuando el mar cambiaba de humor. Quizá por eso todavía conservan algo de esa vocación. No solo protegen del viento; también parecen resguardar una forma distinta de habitar el verano.

En Mallorca el paisaje lleva su propio ritmo y el cuerpo deja de sentirse observado para convertirse, simplemente, en una presencia más entre la roca y el agua.

Un hombre con acento italiano extendía barro sobre su piel a modo de rutina, que hacía pensar que lo hace todos los días a las 9 de la mañana: camina, nada, barro, nada, se va. Una familia encontraba su rincón entre las rocas; otra pareja reunía el valor para entrar al agua helada. Nadie parecía reclamar un lugar. Cada quien encontraba un espacio suficiente sobre las rocas afiladas, que obligaban a caminar despacio y a sentarse con cuidado. La cala no imponía silencio, pero tampoco invitaba a romperlo.

Quizá ese sea el verdadero refugio de una cala. No el que ofrece al mar cuando cambia de ánimo, sino el que ofrece a quienes llegan hasta ella. Un lugar donde, por unas horas, nadie necesita ocupar más espacio del que el paisaje ya le ha dado.

Fotografías por Isai Rosas

Palabras por Jossie Ayón

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